lunes, 31 de marzo de 2008

Tengo las ideas desorientadas, las pasiones transpuestas, las ganas guardadas y las desilusiones rebalsadas. Lo peor es que al momento de buscar respuestas, soluciones o consuelos, me aburro y me resigno. No son las hormonas compañeros, tampoco una carencia sexual, es desencanto, es engaño, es tristeza profunda.

La familia me enseñó cuando niña que los buenos eran la oposición, los rojos, los pobres, los generosos, los honestos, los prudentes, los correctos, los respetuosos, los tolerantes, los hermanos. Por el contrario, los malos eran los que sonreían con cariño frente al televisor cuando aparecía el cuco cano de Pinochet. Los ricos, los de traje, las de moño de peluquería, los patrones, algunos curas enfundados en telas finas y los de uniforme.

Cuando adolescente, apelando a mi madurez emocional, me explicaron que en realidad no había que ser extremista, que como todo en la vida existían las excepciones, que había milicos y pacos buenos (mis tíos debían ser de esos), curas que ayudaban a los pobres y patrones que pagaban bien.

Había que creerle a la familia, si no ¿a quien?

Y jugué en el liceo a ser de las juventudes comunistas. Pinté arco iris por todo Villa Alemana. El monosílabo “No” ya no evocaba limitación, era sinónimo de libertad. Y lo escribía en la mesa de la sala, en la pizarra, en más de algún asiento de micro, en la tierra con un palo, en los cuadernos, en la mente, en el alma, en la nostalgia.

De ahí… la universidad, la construcción del pensamiento, la independencia ideológica y la paulatina destrucción de las convicciones. Los líderes de poncho y morral ahora con trajes. Los consecuentes transan; los artistas de peña tocan en un reality; los guías de los pobres ricos y los pobres más pobres; todos apoyando a la primera mujer presidente, los mismos boicoteando.

Pamela Jiles intenta estoica y convencida de demostrar a diario que trabajar en S.Q.P no la aleja de su rol de periodista denunciante, investigadora y combatiente compañera de izquierda por sobre todas las cosas. . Escribe un libro para justificar por que dejó de investigar temas relacionados con derechos humanos, con asesinos de la dictadura, con los abusos cometidos para dedicarse en pleno a comentar farándula; “Hace décadas aprendí algo simple y evidente: que los medios de comunicación son siempre un instrumento de politización y, por lo tanto, un terreno ideológico en disputa. Los espacios de farándula no constituyen, por cierto, una excepción”[1] Creo yo humildemente, que no es más que un intento desesperado por que las ideologías no se subordinen a la decepción.

Ella escribe y juega a la rigurosidad, al comentario serio y objetivo en pantalla.

Yo voy al estadio a ver los partidos de la Universidad de Chile, me pongo la camiseta de la “U”, tomo cerveza de la botella con los amigos sin limpiar el gollete, canto fuerte “a la camiseta azul, le juro amor eterno, cada año que va pasando, va creciendo el sentimiento…” En el tablón me encuentro con la familia azul, viejos, cabros chicos, guaguas, volaos, muchas mujeres y la pasión que me acogió y que no me falla.

Y ahí no tengo miedo, por que ahí está la gente buena de la que me habló la familia, a mi alrededor, saltando y cantando durante noventa minutos me encuentro a los trabajadores, a los generosos, a los hermanos, a los que defienden, a los que protegen, a los que cuidan a los niños, a los que ríen, a los que celebran, a los que creen, a los que las derrotas no los hace rendirse.

En las canchas de todo Chile puedo ver a mi pueblo identificado, buscando acogida, buscando lealtad, buscando pertenencia, consecuencia de una lucha desteñida.


1 Jiles, Pamela “Maldita Farándula: mapa del famoseo chileno” Editorial Catalonia, junio 2007 pág 14