viernes, 16 de mayo de 2008

Los hijos de Pinochet

Por Beatriz y Kafalda

Tratando de comprender porqué nos pasan ciertas cosas, porqué actuamos de cierta manera y porqué siempre vamos por la vida temiendo, Carmela y Kafalda creamos este texto y quisimos compartirlo con quien pase por aquí.

“Bajo el cielo de las Cien águilas
Descalzos, con las historias a medias en el bolsón
Empuñando la mano, entonamos coros ajenos”

Con perfil de huachos no reconocidos, nacimos entre 1973 y 1976 los hijos de Pinochet. Educados, adiestrados, domesticados y criados bajo la supervisión castrense, mano vertical de la dictadura.

¿Se olvidaron de nosotros? Sí, definitivamente. Olvidaron que teníamos derecho y sapiencia para escuchar discursos y no susurros, para leer entre líneas y no memorizar, para contextualizar y no adivinar, para cuestionar sin necesidad de temer.

Generación temerosa, cobarde y subordinada, generación de los testigos mudos adoctrinados en el silencio, chupando limón bajo la cama al compás de una orquesta de ollas, sirenas, disparos y gemidos. Tuvimos tanto miedo y tan poco consuelo.

Los adultos estaban demasiado ocupados, cada uno en lo suyo; el análisis, la lucha armada, la rebelión intelectual, la oración, la caridad, la protesta del arte, el discurso social, mientras nosotros, en la escuela, perfectamente uniformados y peinados entonábamos de memoria “Vuestros nombres valientes soldados que habéis sido de Chile el sostén...”

Narcotizados en la ignorancia, detenidos en la conformidad. Ni fascistas de campos de concentración, ni clandestinos del Soviet. Ni hippies, ni punkies. Ni dirigentes universitarios, ni gremialistas. Ni ateos, ni legionarios. Ni chicha, ni limoná.

Y fuimos mujeres y hombres que no supimos pisar la tierra fértil del país libre. Que inmensas nos quedaron las Grandes Alamedas. Nos hicimos adultos en medio de una curiosa transición, confirmando que sólo fuimos una ratona inflexión en el tiempo. Paréntesis entre la generación de tíos y padres democratizadores y hermanos e hijos en la revolución pingüina.

Medio borrachos, medio ateos, medio frustrados, medio ignorantes, medio tristes, medio desilusionados, medio mediocres, medio pesimistas, medio cobardes, medio felices, medio soñadores. Enteramente, hijos de Pinochet.

Algo que si aprendimos y bien, fue a cantar

jueves, 8 de mayo de 2008

Tuve

Tuve una amiga una vez...

En realidad no sé muy bien si puedo catalogar nuestra relación de casi 10 años como tal. Le fallé muchas veces y en el fondo, nunca le creí demasiado. Tengo la idea de que siempre me estuve cuidando un poco de ella, de sus intenciones, de sus ideas, de sus palabras, incluso, de su afecto. Intuyo que fue recíproco.

La Sole se casa el sábado y siempre creí que estaría con ella en esa ocasión tan especial, que ayudaría con el diseño del vestido, que sería dama de honor vestida de rosado, que sería la productora del evento, la mano derecha, la última en verla antes de que su hermano la entregara a Cristian. Siempre supe que le iba a regalar, que le iba a decir, de que nos íbamos a reír, las fluoxetinas o valpax que nos tendríamos que tomar para que no se nos notara la neura.

A tres días del matrimonio, sé exactamente lo que siente, lo que teme, lo que ansía, lo que piensa, sé también que ha pensado en mí y que a pesar que ambas estamos seguras que lo mejor fue dejar de vernos, ella y yo todavía estamos conectadas.

¡Pucha que nos equivocamos!

No la he extrañado, pero sí recuerdo constantemente nuestras andanzas, que no fueron pocas. Una vez nos peleamos y nos juntamos en el forestal cual pareja de novias lesbianas. Nos debimos haber visto tan chistosas, tratando de ser indiferentes todo el tiempo. Finalmente terminamos abrazadas llorando jurándonos amor eterno.

Cantábamos, nos emborrachábamos, fumábamos, hacíamos video clips en la calle, en la micro, en la universidad, nos reíamos de todo y de todos con la misma intensidad que nos juntábamos a llorar. Teníamos cada una llave de la casa de la otra, nos prestábamos las ollas, la batidora, ropa, los apuntes. Nos devolvíamos los cigarros, nos teñíamos el pelo, confabulábamos contra los que nos caían mal, nos copiábamos en las pruebas, compartíamos cumpleaños de las familias, navidades, años nuevos. Cada cierto tiempo nos peleábamos, nos devolvíamos las llaves, nos ignorábamos y al rato... juntas otra vez, demasiado quizás.

Debe haber bajado al menos 4 kilos este último mes, debe haber tenido como tres despedida de soltera, su mamá debe estar dichosa y seguramente se irá a Buenos Aires de luna de miel. Debe estar fumando mucho, seguramente ha soñado con su padre últimamente y estará complicada porque tuvo que reducir la lista de invitados.

Creo que la Sole ha estado mejor sin mí estos seis meses de distanciamiento al igual que yo sin ella. Amor maldito que no alcanza para perdonar, aceptar, ceder y creer.

Un buen hombre, una buena mujer. Van a ser muy felices, no me cabe duda.

Mentí... porque sí la extraño

martes, 29 de abril de 2008

A veces...

A veces quisiera hacer lo correcto, pero...
me equivoco.

A veces quisiera ser perfecta, pero...
no siempre no lo logro.

A veces quisiera ser bella para todos, pero...
algunos exigen tanto que de caprichosa no cumplo.

A veces quisiera ser la mejor amiga, pero...
la subjetividad me traiciona.

A veces quisiera ser la mejor hermana, pero...
no siempre estoy de acuerdo.

A veces quisiera desprenderme de las emociones, pero...
bajo ningún punto de vista he podido hacerlo.

A veces tengo tanto miedo que me paralizo, pero...
escucho a Pablo y se me pasa.

A veces me aburro tanto de las desilusiones, pero...
me llama mi mami y me hace reír.

A veces me canso tanto de todo y de todos, pero...
la Javi me regala su energía preadolescente, sueño lindo y despierto con ganas.

A veces mi corazón está tan lleno que quiere explotar, pero...
un pucho me contiene.

A veces pienso que estoy loca, que no tengo sentido, que sólo soy un cacho, pero...
mi perro Kalú, en su insignificancia animal, me mira incondicionalmente necesitado.

A veces sueño tanto que no quiero despertar, pero...

* Pablo está a mi lado, me abraza, me ama mientras busca desesperado el calcetín que le combine con el pantalón.
*La Javi se viste para ir al colegio, me reclama porque la leche tiene grumos, me dice que me ama, que tenga un buen día y me besa amorosa al partir.
*Mi mami me llama para preguntar como estoy mientras me dice que hacer de almuerzo.
*Mi papi reclama porque llego tarde.
*La Vito me llama, me cuenta, me pregunta, me quiere.
*La Maca me enseña a usar facebook, me hace reir.
*Kalú menea su cola peluda cada vez que me ve.
*Mi nana me reclama cuando escribo con garabatos.
*El Marko hace música y crece.
*El Wlady juega al memorice en el compu y me dice "hermanita" cuando se emborracha.
*La "U" me mantiene en vilo, pierde, gana, empata, pierde.

A veces me detengo y descubro que me siento feliz

martes, 22 de abril de 2008

A ratos la nostalgia


Me dijeron que probara escribir sobre otras cosas, que no fuera tan autorreferente y no pude por ser... en fin...

Ayer lunes me llegó una invitación de facebook, una comunidad virtual donde, al registrarte, entregas ciertos datos generales; colegio y universidad donde estudiaste, gustos musicales, políticos, religiosos, entre otros. El administrador de la página se encarga de ubicarte en grupos de interés similares y/o iguales a los que tu registraste. Sucedió que a los 10 minutos de inscribirme me llegó un mensaje de la Carmen.

Esta yegua (léase también socita, amigui, weona, galla, tipa) entretenida a rabiar, fue compañera de colegio desde octavo a cuarto medio. Una largirucha flaca, desgarbada, rulienta de tipo chascón, chistosa, alegre, volada, ni brillante, ni porra, sociable, amiga de las polulares y de los fomes, compañera de ideologías y católica apostólica romana, amén.

Se me había olvidado la Carmen así como tantos otros y yo misma hace 17 años. Desde ayer nos hemos contado la vida en cuatro correos (dos pa'llá y dos pa'ca) y me encanta reconocer que ha sido coherente con mis recuerdos. Eso si, no me calza el marido y el hijo, no me la imaginaba lesbi, pero sí soltera, patiperra y bohemia. Es maestra de reiki, lee el tarot, canturrea con guitarra y escribe poesía. No la conozco mujer, aún así, su esencia me emociona y la vuelvo a querer como cuando cabras.


¿Cómo se me había olvidado que la quería tanto? ¿Cómo la quiero nuevamente de un día para otro con la misma ternura de hace casi 2 décadas? ¿Por qué olvidamos y por qué nos olvidan?


Este síndrome de desecho que nos fluye con tanta naturalidad cuando entramos a otros círculos, entornos o medios, nos vuelve nostálgicos y débiles. Nos sentimos más viejos y sólo tenemos 33 o 34 años, ni siquiera nos acordamos de lo inocentes que éramos, no nos acordamos que seríamos amigas para siempre y que llenábamos cuadernos y agendas con dedicatorias con frases hechas; "no cambies nunca", "que el señor te bendiga siempre" (porque además eramos tan católicas), "amigas por siempre", "que muera Pinochet".


A ratos me carga la nostalgia, es culposa.

A ratos adoro la nostalgia, porque recuerdo que constantemente, aunque sea a ratos, he sido bastante feliz.

A ratos necesito a la nostalgia, porque cada segundo que pasa esta en riesgo un olvido.

A ratos me cansa la nostalgia, porque me detiene y la añoranza no me deja avanzar.

A ratos uso a la nostalgia para creer en mis crecimientos.

A ratos...


Y en fin, ya no somos católicas, subimos de peso, tenemos críos, mino, pagamos cuentas, ya no fuimos famosas, seguimos rulientas tipo chascón y por fin murió Pinochet. Si esta yegua no me lee el tarot la olvido 17 años más o el tiempo que se demore el destino en utilizar internet para recordar las buenas cosas del pasado.


martes, 15 de abril de 2008

Olvido

¿Cómo lograr satisfacer las expectativas?
¿Cómo ser mujer y no olvidarte de ti misma?

Mi cuerpo ha manifestado su abandono. He subido y bajado de peso durante 12 años y no me gusto, me olvidé y quisiera recordarme, el problema es que lo intento, veo fotos, videos y aún así, no consigo imaginarme sin 30 kilos de más. Me toco, me palpo y mis manos recorren concientes la generosidad de mi cuerpo.


El espejo me encara y desafiante lo ignoro... hasta mañana, hasta el lunes, hasta el control médico, hasta que empiece el gimnasio, hasta tantas veces que nunca han llegado.


Y me dijeron tantas veces y me han ayudado tantas otras que en ese ir y venir de "te lo decimos porque te queremos" asumí que no importaba tanto, finalmente, ya me querían. Esa manía mía de concebir el amor de manera incondicional me jugó una mala pasada.


La cosa es que hoy me siento realmente feliz, he vuelto a creer en la familia, en los proyectos, en mis capacidades, en mis ganas. Me gusto más, me caigo mejor y hasta creo en mí. Es como si por fin las adulaciones de cariño de mi madre, de mi amiga Vito, de mi prima Andre, de la Vivi, de mi Nana y de varios más, cobraran sentido. Me gusto porque le gusto a mi compañero, porque me disfruta, porque se ríe conmigo, porque me mira con paz, porque estoy segura que me ama.


Es en este reconocimiento paulatino, reflexivo, doloroso, develador y certero, que quiero sentirme linda otra vez. Linda para él, para mi hija, para mi familia, pero sobretodo para mí. Aún así, tengo miedo, miedo de no poder, miedo de ceder, miedo de las expectativas de los otros, de los que me importan y que esperan hace rato que yo tome las riendas y me decida de una vez a hacer algo. Temo a esta sensación generalizada de "milagro".


¿Pueden creer que le escribí al Doctor Vidal? ¡Qué tontera! como si hubiese sido capaz de mostrar mis partes a medio Chile. Síndrome lastimoso de desesperación o mejor dicho, de flojera, de buscar el camino fácil, de no alimentarme correctamente y optar por entrar a pabellón y en un par de horas perder kilos, tener ombligo nuevo, sentirse mina y con unas ganas locas de comer una chorrillana durante el post operatorio.


Nos olvidamos de nosotras mismas... la maternidad, la vida en pareja, el trabajo, el dinero, el supermercado, la feria, las reuniones de apoderados, tener cargada la bip, depilarnos, la comida del perro, el aseo, planchar, regar, llamar a la mamá, cortar el gas, caminar derecha, entrar la guata y sacar poto, ver las noticias, leer la portada de las últimas noticias, saber un poco de amor ciego, primer plano, ponceo, tribus urbanas, Yasna Provoste, Carla Bruni, Hospital San José, Youtube, fotologs, msn, transferencias bancarias on line, saludar a los vecinos y hablar con tu amiga mientras preparas el almuerzo para el otro día.


Nos olvidamos y lo permitimos... pero hoy yo se los recuerdo.


martes, 8 de abril de 2008

Desiciones y Certezas

Tengo la leve sensación (en realidad es más que leve) que están tratando de manejar mi vida y yo jurándome independiente, autovalente y más encima, medio chora.


La Javi, mi hija de 12 años, fue invitada a su primera pijamada, me pareció hasta lógico darle permiso teniendo en cuenta que iban sus amigas, a una casa que conozco, hogar de una familia de confianza con la que comparto reuniones, paseos, kermeses y cumpleaños desde hace 7 años.


El impulso se me fue a la cresta cuando le conté al padre, de quien estoy separada. “¿Qué nos va a pedir cuando tenga 15?, ¿te habrían dado permiso a ti a su edad?, ¿para que hacerla crecer más rápido?”, y para rematar, “¿te das cuenta que si algo le pasa será tu responsabilidad?_ porque yo no estoy de acuerdo_”


En ese instante, en esas milésimas de segundo en que él hablaba, yo imaginé a la Javi fumando, borracha, drogada, toqueteada por un extraño, sicólogos, traumas y el mundo apuntándome con el dedo. La angustia se apoderaba de mi seguridad. Buscando apoyo le conté a mis padres y quedé peor. Mi papá textualmente me dijo: “¿Qué le anday preguntando weas a weones? La niña está a cargo tuyo”. Mi madre por su parte añadió: “Yo le encuentro razón al papá de la niña, es muy chica para quedarse afuera, uno ve caras y no corazones”.


No podía dejar de pensar, no sabía que hacer y como si fuera poco, confirmaba esa teoría diáfana de creer que estaban todos tratando de decidir por mi; en las noticias me enteraba que una vez más en esta ‘república democrática con libertad de credo’, un par de prejuiciosos, intolerantes e irrespetuosos honorables decidían que las mujeres no tenemos derecho a decidir si usamos o no la píldora del día después, ignorando completamente que hace rato optamos por tomar decisiones propias (¿?).


La Javi llegó del colegio y le conté que había hablado con su padre y que ‘habíamos decidido’ que no iría que podía ir pero que la iría a buscar a la una de mañana. Su mirada me destrozó, me odiaba, tenía tanta rabia… “¡pero mamá! si en la mañana me dijiste que si, porque cambias de opinión, porque si la familia de la Francisca no es mala, porque si mis amigas son buenas, por qué, por qué, por qué…” Lloró por 2 horas sin parar, cuando nos fuimos a casa de propuse caminar (intento desesperado porque agarrara aire, se calmara y se le deshincharan sus ojitos). No hablamos en todo el camino, una cuadra antes de llegar me dijo que quería ir y que aceptaba que la fuera a buscar a la una.


Compramos la bebida, las cabritas, se lavó la cara, se vistió con su mejor pinta, se puso aros colgantes, se cruzó su bolso calipso y me dijo “¿qué te pasa, por qué todavía estás triste?” Fue ahí y por segunda vez en el día en que me fui a la cresta (o quizás volví de ahí) y le dije; “estoy muerta de miedo hija, no sé si hago lo correcto a veces, no sé si soy muy aprehensiva y no te dejo crecer como corresponde o si soy muy relajada y me despreocupo, no sé si lo estoy haciendo bien, no quiero equivocarme… no contigo…”


La Javi me miró con tanto amor que supe de inmediato que me había entendido, que era feliz, que le gustaba como mamá y que pese a que como preadolescente me detesta bastante seguido, me ama y por sobretodo quiere que sea sincera con ella.


Mi hija reconstruyó en ese momento la seguridad que había perdido, eso me hizo recordar que no necesito que me digan como controlo mi fecundidad. Hace como 6 años en la universidad me dieron un folleto que hablaba de una anticoncepción de emergencia [1] La he usado un par de veces porque, sin remordimientos proféticos asumí que sólo yo soy responsable de mi cuerpo y no los poderes del Estado.


Hay días que empiezan mal y terminan redonditos hay otros en los que pareciera que nada pasa y los perdemos. Hay días para todo y para todos, pero en cada uno de ellos, sólo la Javi me da la certeza de que la pega de mamá no me queda tan grande…



[1] Hay que elegir entre las siguientes pastillas; Nordette, Microgynon, Anovulatorios microdosis; tomar 4 píldoras antes de 72 horas tras haber mantenido relaciones sexuales, 12 horas después tomar las otras 4. La píldora del día después no es más que la concentración de estas 8 pastillas en sólo 2 píldoras. Es el mismo componente (Levonorgestrel), se compra en cualquier farmacia, sin receta. Valen muy baratas y te alcanza para 2 ocasiones. A algunas les provoca nauseas y ganas de vomitar, porque es un golpe hormonal fuerte y probablemente se irregularice el período, pero salva en caso de que algo no pronosticado pase.

lunes, 31 de marzo de 2008

Tengo las ideas desorientadas, las pasiones transpuestas, las ganas guardadas y las desilusiones rebalsadas. Lo peor es que al momento de buscar respuestas, soluciones o consuelos, me aburro y me resigno. No son las hormonas compañeros, tampoco una carencia sexual, es desencanto, es engaño, es tristeza profunda.

La familia me enseñó cuando niña que los buenos eran la oposición, los rojos, los pobres, los generosos, los honestos, los prudentes, los correctos, los respetuosos, los tolerantes, los hermanos. Por el contrario, los malos eran los que sonreían con cariño frente al televisor cuando aparecía el cuco cano de Pinochet. Los ricos, los de traje, las de moño de peluquería, los patrones, algunos curas enfundados en telas finas y los de uniforme.

Cuando adolescente, apelando a mi madurez emocional, me explicaron que en realidad no había que ser extremista, que como todo en la vida existían las excepciones, que había milicos y pacos buenos (mis tíos debían ser de esos), curas que ayudaban a los pobres y patrones que pagaban bien.

Había que creerle a la familia, si no ¿a quien?

Y jugué en el liceo a ser de las juventudes comunistas. Pinté arco iris por todo Villa Alemana. El monosílabo “No” ya no evocaba limitación, era sinónimo de libertad. Y lo escribía en la mesa de la sala, en la pizarra, en más de algún asiento de micro, en la tierra con un palo, en los cuadernos, en la mente, en el alma, en la nostalgia.

De ahí… la universidad, la construcción del pensamiento, la independencia ideológica y la paulatina destrucción de las convicciones. Los líderes de poncho y morral ahora con trajes. Los consecuentes transan; los artistas de peña tocan en un reality; los guías de los pobres ricos y los pobres más pobres; todos apoyando a la primera mujer presidente, los mismos boicoteando.

Pamela Jiles intenta estoica y convencida de demostrar a diario que trabajar en S.Q.P no la aleja de su rol de periodista denunciante, investigadora y combatiente compañera de izquierda por sobre todas las cosas. . Escribe un libro para justificar por que dejó de investigar temas relacionados con derechos humanos, con asesinos de la dictadura, con los abusos cometidos para dedicarse en pleno a comentar farándula; “Hace décadas aprendí algo simple y evidente: que los medios de comunicación son siempre un instrumento de politización y, por lo tanto, un terreno ideológico en disputa. Los espacios de farándula no constituyen, por cierto, una excepción”[1] Creo yo humildemente, que no es más que un intento desesperado por que las ideologías no se subordinen a la decepción.

Ella escribe y juega a la rigurosidad, al comentario serio y objetivo en pantalla.

Yo voy al estadio a ver los partidos de la Universidad de Chile, me pongo la camiseta de la “U”, tomo cerveza de la botella con los amigos sin limpiar el gollete, canto fuerte “a la camiseta azul, le juro amor eterno, cada año que va pasando, va creciendo el sentimiento…” En el tablón me encuentro con la familia azul, viejos, cabros chicos, guaguas, volaos, muchas mujeres y la pasión que me acogió y que no me falla.

Y ahí no tengo miedo, por que ahí está la gente buena de la que me habló la familia, a mi alrededor, saltando y cantando durante noventa minutos me encuentro a los trabajadores, a los generosos, a los hermanos, a los que defienden, a los que protegen, a los que cuidan a los niños, a los que ríen, a los que celebran, a los que creen, a los que las derrotas no los hace rendirse.

En las canchas de todo Chile puedo ver a mi pueblo identificado, buscando acogida, buscando lealtad, buscando pertenencia, consecuencia de una lucha desteñida.


1 Jiles, Pamela “Maldita Farándula: mapa del famoseo chileno” Editorial Catalonia, junio 2007 pág 14